Lima
de Ayer y de Siempre
Textos
e Ilustraciones de la revista
"Turista" edición Nro. 31

Lima,
fundada por Francisco Pizarro, el 18 de Enero
de 1535, es destruida por un terremoto en 1687.
Los elementos, los dioses desatados, transfiguran
la villa cristaianísima, según
Frank, más católica que el Papa,
más castiza que el Rey. El fundador había
colocado por su mano la piedra primera del recinto
eclesiástico, la basílica del
futuro y había trazado el plano de la
ciudad. Por el norte, Lima se recuersta en la
falda de San Cristobal, por el sur y el oeste,
las praderas angostas, los terrenos sin cultivo,
abruptos y rocosos, que van a desembocar en
el Pacífico. La ciudad se extiende, apenas
resarcida de los efectos de la terrible conmoción
por el sur y el este.
Por
la zona meridional, a fines de mil seiscientos,
alcanza la ermita de Guadalupe y por el oriente
llega a Santa Clara, San Ildefonso y las Descalzas.
Se ha ampliado el radio de las construcciones,
pero el tono general urbano, el estilo arquitectónico,
la tendencia barroca, persisten resaltantes
y precisas. Es la Lima que fundó, seccionada
como un tablero de ajedrez el porquero heróico
innoblemente asesinado en la escala de su mansión
gubernatriz. Es la Lima que asistió al
descabalgamiento fatigado de Pizarro, vencedor
en la batalla de Salinas, aureolado por el polvo
del campo, de los cerros y los llanos, cuando
lo secundan Rivera el Viejo y Rivera el joven,
Juan Tello el tesorero Riquelme, Rodrigo Mazuelas,
García de Salcedo, Martín de Alcántara,
Martín de don Benito, Cristóbal
Palomino, Antonio Picado, Diego de Agüero.
Es la Lima que se bonifica con los blasones
otorgados por Carlos V, en 1537. Es la Lima
que alberga el más fecundo comercio con
la madre patria. Las naves de China traen sedas
y los navíos hispanos se llevan metales
y productos preciosos.
En
el siglo XVII, la ciudad es un emporio. Ya aparecieron
los santos, los milagros, los tesoros, la fábula
se ha hecho realidad. Según Raúl
Porras, el censo del Marqués de Montesclaros
arrojaba sobre un total de veintiseis mil cuatrocientos
cuarenta y un habitantes, un diez por ciento
de clérigos, canónigos, frailes
y monjas. No se incluye a los sacristanes y
los monaguillos. Pero, de ese monasterio inmenso
- frase de Juan María Gutiérrez
- la heráldica religiosa de Lima se diviniza
con el advenimiento de Santa Rosa, Santo Toribio,
San Francisco Solano, Fray Martín de
Porras.
Es
el instante dilatado y encendido en que la españolidad
de la metrópoli americana cobra su tención
más elevado y más ilustre. Analizando
esa hora podrá afirmar Vicuña
Mackenna que Lima era la segunda ciudad española.
Es el escenario estupendo, fulgurante, bajo
cuyas mensulas austeras, discurren los próceres
del Virreynato, discurren el de Cañete
y de Neva, el de Toledo y el de Montesclaros,
el de Salvatierra y el de Monclova, el de Superunda
y el de Jáuregui, el de Lemun y el de
Castel dos Rius, el de Navarro y Rocafull y
el de Abascal. Es la etapa del minuet, del barqueño
olorosa, del manto insinuante, de la letrilla
próterva, del misterioso y complicado
ambigú. Viandas sápidas y exquisitas
que riegan la chicha noble y el ilustre moscatel.
Toda la vida sensual, limeña se desliza
en una caravana de ensueño. No importa
que un temblor promueva de pronto la alarma
en el vecindario. En lo alto de las viviendas
Cristo sangra a través de sus heridas
y bajo, la imagen de brazos abiertos abren los
suyos los creyentes implorando el aplacamiento
de la ira, de la justicia y del rigor. Tampoco
importa el anuncio del pirata desalmado y satánico,
ladrón de hacienda, de honor y de vida.
El
Virrey invoca la contribución del vasallaje
para la viviencia común. La batalla es
una pericpecia de novela. La delicia de la comedia
virreinal sigue su ritmo de alucinación,
su ritmo suave y sonreído. La línea
plateresca enmarca a maravilla la luminosidad
y el movimiento de este paisaje blondo y casquivano.
Al amparo de los capiteles de los templos, al
cobijo de los azulejos, de los mártires
crispados y de los angelitos rubicundos, la
comedia se sintetiza en madrigal y en epigrama.
Es un fausto deslumbrante, es una munifecicencia
incontenible... (Continuará)
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